
Una comedia interadministrativa (Asuntos Multiversales
Español Band 2 der Reihe »Leo Vogt« von Andreas Reis.
El Control de Causalidad de Göppingen acaba de aprender a administrar la realidad cuando cae una carta verde en el patio. Una solicitud de asistencia interadministrativa. De fuera. Firmada con el dibujo de un dragón.
Leo Vogt esperaba no volver a ver un agujero negro por dentro en su vida. Pero la carta no admite aplazamiento: en algún punto de la costa del Mar del Norte una realidad ajena se está rasgando, una administración desbordada pide ayuda, y el cielo sobre un pequeño pueblo-esclusa brilla en un verde que, según las reglas de Göppingen, no debería existir.
Así que Leo, su genial y caótica tía Elara, el parco funcionario Eberle, la librera Miriam — y un tostador con patitas — meten media Oficina del Orden Público en una furgoneta demasiado pequeña y se ponen en marcha. Solo que sus aparatos, sus formularios y sus reglas tan arduamente conquistadas funcionan la mitad de bien fuera de su propia ciudad. Y la gente de la costa tiene una idea completamente distinta de cómo se tramita un apocalipsis como es debido.
El segundo caso de la serie «Asuntos Multiversales»: una comedia de ciencia ficción disparatada y entrañable sobre la burocracia de las mareas, dos culturas administrativas opuestas, un dragón con solicitud de asistencia interadministrativa — y la más difícil de todas las diligencias administrativas: soltar aquello que se quiere.
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%% PART: Primera parte — Salir del propio sistema # Aplazado hasta mañana
La primera mañana en que el multiverso no presentó ninguna reclamación empezó con una que presentó el frigorífico.
—Quisiera dejar constancia —zumbó desde el rincón del taller— de que la leche ha caducado y nadie me ha preguntado cómo me hace sentir eso.
Leo Vogt, que llevaba veinte minutos sentado ante la mesa de trabajo tratando de empezar un día sin que pareciera el inicio de algo más grande, no levantó la vista.
—El horario de atención al público es a las 17:00.
—Es un informe de situación, no una reclamación.
—Ha empezado con «Quisiera dejar constancia».
—Eso es lenguaje administrativo. El lenguaje administrativo es neutral.
—El lenguaje administrativo —dijo Leo— es el lenguaje menos neutral que se ha inventado jamás. Solo suena como si no tuviera sentimientos para que uno se lo crea.
El frigorífico se quedó pensando en ello, algo que se notó porque su compresor bajó un tono.
—Lo anotaré como un cumplido.
—Hazlo.
Era, constató Leo, una disputa asombrosamente normal. Nadie amenazaba con colapsar. Ninguna dimensión se estaba desdoblando. La única grieta en la realidad que había detectado aquella mañana había sido fina como un cabello, y la había cerrado antes del desayuno con un formulario y dos frases, casi sin pensarlo.
Eso le inquietaba más de lo que quería admitir.
Hacía tres semanas que el Café Lesezeichen se había derrumbado durante una cita y Leo había desmantelado la causalidad por accidente. Tres semanas en las que, a partir de un microondas seccionado, una tía cosechada y un funcionario sellando papeles, se había formado un organismo que oficialmente no existía y sin el cual el distrito de Göppingen, según se rumoreaba, habría ido mucho peor.
El Control de Causalidad.
Estaba escrito en una pizarra en la pared, con la letra de Leo, más pulcra de lo necesario, y debajo, en cuatro palabras, todo el programa: *Proteger. Buscar. Sostener. No decidir a solas.*
Tres semanas, y Leo había empezado a ser realmente bueno en ello.
El patio entre el taller y la Casa Ancla despertaba en el orden que se había autoimpuesto los últimos días y que nadie había decretado, lo cual lo hacía aún más vinculante.
Primero las palomas. Poco después de las seis, se reunían en el tejado de la Casa Ancla para la llamada situación matutina, en la que la autoproclamada presidenta de la unidad administrativa temporal —la de la corbata de papel— exponía arrullando un punto del orden del día que nadie entendía y contra el que, por tanto, nadie presentaba alegaciones, motivo por el cual se aprobaba siempre por unanimidad.
Luego Eberle, que llegaba exactamente al mismo minuto que el día anterior y el anterior a ese, porque para él la puntualidad no era una virtud, sino un estado físico. Lo primero que hacía era controlar la lista de búsqueda, después el indicador de estabilidad de la Casa Ancla y, a continuación, con una desconfianza que consideraba apropiada, el tostador.
Después Miriam, que nunca llegaba, sino que simplemente estaba allí en algún momento, casi siempre con un libro bajo el brazo y una mirada que aún estaba medio mundo por delante y medio atrapada en una frase.
Y por último Elara, que no despertaba, sino que emergía del sueño como un aparato de exploración submarina que se había dejado encendido por error: en algún momento entre el banco de trabajo y la cama de campaña, con marcas de soldador en la manga y la firme convicción de que solo había cerrado los ojos un momento, a pesar de que habían pasado once horas.
—Buenos días, jefe de proyecto —dijo mientras se dejaba caer en el taburete a su lado—. Estás poniendo tu cara.
—No estoy poniendo ninguna cara.
—Estás poniendo esa cara que pones cuando algo va demasiado bien y estás esperando a que se acabe. —Cogió uno de los panecillos que alguien había traído y lo miró como si tuviera algo que confesarle en persona—. Por cierto, es una cara excelente para nuestro sector. Consérvala.
Leo no la conservaba a propósito. Se conservaba sola.
Porque sobre la mesa de trabajo, entre un hervidor de agua medio desmontado y tres destornilladores, descansaba algo que no debía estar allí y que miraba cada mañana desde hacía tres semanas sin abrirlo, porque ya lo había abierto y el contenido no había cambiado desde entonces.
La carta verde.
La había fijado al portapapeles, arriba, donde no pudiera evitar verla, y precisamente ese era el problema de las cosas que no se pueden evitar: que se ven.
El portapapeles era la herramienta más antigua de Leo y la más fiable. Se había enfrentado a gólems de expedientes, a la cámara de revisión, a una versión consolidada y con gafas doradas de su tía que había creído que un mundo sin errores era un mundo seguro, y que por ello estaba dispuesta a gestionar hasta la desaparición todo lo que no fuera perfecto.
En los últimos días, el portapapeles había hecho principalmente una cosa: nada.
No había pitado. No había comunicado anomalías. Había registrado, una vez, una reclamación de las palomas sobre un tarro de miel vacío, y ese había sido el acontecimiento más dramático de la semana.
Leo soltó la carta verde del portapapeles y la desplegó, aunque se sabía el texto de memoria.
*Contacto en el Margen detectado fuera de Göppingen.* *Lugar: desconocido.* *Número de borrados: creciente.* *Instancia local desbordada.* *Por favor, no venga solo.*
Debajo, en lugar de una firma, el pequeño dibujo. Un dragón. Dibujado con la torpeza decidida que solo surge cuando alguien dibuja algo que cree real.
—Sigue ahí —dijo Miriam.
Se había acercado a él, sin hacer ruido, como solía hacer, y miraba por encima de su hombro. Olía a papel y a café, y Leo tuvo que recordarse, como cada mañana, que era de mala educación percatarse de ello.
—¿Quién?
—El dragón. Lo despliegas cada día como si fuera posible que se hubiera ido durante la noche.
—Estoy comprobando el estado del expediente.
—Estás comprobando si el problema ha decidido por sí mismo dejar de serlo. —Lo dijo sin aspereza—. Los problemas rara vez hacen eso. Es casi su única característica definitoria.
Leo quiso replicar algo que sonara a la vez seguro y liberador, y se dio cuenta de que estaba aferrándose al portapapeles.
Miró hacia arriba.
Sobre Göppingen se extendía la cicatriz verde del cielo, fina y de un azul violáceo, una vieja fisura donde los fallos estaban almacenados como tinta bajo la piel. Llevaba semanas en silencio. El nudo oscuro que le había inquietado durante un tiempo casi había desaparecido; quedaba un pequeño punto, pero los pequeños puntos, como Leo había aprendido, eran en esta ciudad lo máximo en paz que se podía conseguir.
Lo que le inquietaba no era la cicatriz violácea.
Lo que le inquietaba era la otra luz.
Justo en el límite del cielo, muy al norte, allí donde la mañana ya era clara y el cielo en realidad no tenía nada que decir, se hallaba un segundo resplandor débil. Verde. No era intrusivo. No era ruidoso. Llevaba tres semanas allí, con la luminosidad exacta que uno pasa por alto cuando está ocupado, y no pasa por alto cuando está esperando.
Leo se había acostumbrado a estar ocupado.
—Elara —dijo—. ¿Qué distancia hay hasta el norte?
Elara, que estaba desmontando tras ellos un aparato que parecía un hervidor de agua y probablemente no lo era, respondió sin levantar la vista.
—¿Geográfica o existencial?
—Geográfica.
—Entonces lejos. Varios cientos de kilómetros. ¿Por qué?
Leo no respondió de inmediato, y eso fue respuesta suficiente, pues Elara dejó la herramienta, lo cual en ella equivalía a un nivel de alerta.
Sucedió a las ocho y media, y sucedió en silencio, como la mayoría de las cosas que realmente significan algo.
La cicatriz verde en el horizonte norte, que durante tres semanas solo había brillado, proyectó una sombra.
Eso de por sí ya era incorrecto, pues un resplandor no proyecta sombra; un resplandor es lo opuesto a una sombra. Y Leo, que era un hombre para quien la lógica interna de las cosas era tan importante como la presión arterial para otros, sintió que la cicatriz plateada en la palma de su mano derecha tiraba antes de que su mente comprendiera lo que veía.
La sombra cayó hacia el sur.
Sobre los campos, sobre la autopista, sobre la ciudad, sobre el patio, y durante una fracción de segundo se posó sobre la mesa de trabajo, sobre la carta verde, sobre el dibujo del dragón, y en esa fracción de segundo el dibujo se movió.
No mucho. El dragón levantó la cabeza. Miró a Leo. Como un animal que se ha dado cuenta de que ha esperado demasiado tiempo, y que no está enfadado, sino solo muy, muy cansado.
Luego la sombra pasó, y el dibujo volvió a ser un dibujo.
En el patio se había hecho el silencio. Incluso las palomas.
Eberle estaba inmóvil junto al indicador de estabilidad, con el sello en la mano, en la postura de un hombre que había visto algo para lo que no poseía ningún formulario, lo cual, para él, se acercaba al fin del mundo.
—Eso —dijo, y su voz era más tranquila de lo que su rostro permitía— no era una dirección de proyección de sombra admisible.
—No —dijo Leo.
—Las sombras caen alejándose de la fuente de luz.
—Sí.
—Eso no ha caído alejándose de la fuente de luz. Eso ha venido hacia nosotros.
—Lo sé.
Eberle lo miró. En las tres semanas transcurridas desde que el antagonista se convirtió en aliado, Leo había aprendido a leer el rostro de Eberle, que mostraba aproximadamente tanto movimiento como un expediente bien llevado. Lo que leyó en él esta vez no era miedo. Eberle no tenía miedo a las sombras. Eberle tenía miedo a la competencia.
—Si eso —dijo Eberle despacio— viene de allí —señaló hacia el norte, sin mirar, como si mirar pudiera hacerlo vinculante—, entonces no es nuestro negociado.
—Nos lo escribió —dijo Miriam—. Hace tres semanas. Nos escribió que la instancia local está desbordada y que debemos ir. Lo hemos aplazado.
—El aplazamiento es un instrumento administrativo legítimo.
—Aplazar —dijo Miriam— es esperar con un número de expediente.
Eberle abrió la boca. La volvió a cerrar. Era, supuso Leo, la primera vez en su carrera que alguien le explicaba la esencia del aplazamiento sin que pudiera llevarle la contraria.
Se reunieron en la mesa de trabajo porque en la mesa de trabajo se reunía todo lo importante de esta familia; una familia que Leo no había elegido y sin la cual ya no podía imaginar nada, lo cual, presumiblemente, era la única definición útil de familia.
Elara puso la carta verde en el centro. Al lado puso una segunda cosa: una estrecha tira de metal de la que colgaba un único hilo rojo.
Leo lo reconoció. Era un hilo de la bufanda de Hanna; aquel hilo que era un poco más claro que el resto y que había sido una persona antes de convertirse en un ancla. Hanna lo había dado voluntariamente, argumentando que una bufanda tiene suficientes hilos como para ceder uno que ayude.
—He estado pensando —dijo Elara, lo cual nunca era tranquilizador.
—Se nota —dijo Leo—. Has traído tu portapapeles.
—He traído un problema. El portapapeles solo lo sostiene. —Tocó el hilo rojo—. Nuestras anclas funcionan porque la Casa Ancla genera un campo. Una especie de resonancia. Imagina que toda la finca zumba en una frecuencia en la que los borrados pueden volver a ser sólidos. Dentro de ese zumbido, nuestros aparatos aguantan. Aguantan *por eso*.
—¿Y fuera?
Elara calló un momento, lo cual le resultó tan difícil que eso mismo ya era una declaración.
—Fuera —dijo—, no lo sé.
—No lo sabes.
—Sospecho. Y mi sospecha no me gusta, por lo que me disgusta venderla como conocimiento; es una vieja debilidad mía, estoy trabajando en ello. —Elevó el hilo rojo hacia la luz de la mañana—. Sospecho que nuestras herramientas se debilitan con cada kilómetro que nos alejamos de la Casa Ancla. Mitad de potencia. Quizá menos. Llegaríamos con aparatos que aquí pueden hacer cualquier cosa y allí casi nada.
—Entonces construiremos un campo que nos acompañe.
—Eso es exactamente lo que estoy intentando, romántico de las cifras. Desde hace tres noches. Es la razón por la que parezco haber perdido una batalla contra un soldador. —Dejó caer el hilo—. Pero un campo que acompaña es una contradicción en sí misma. Un ancla que viaja. Algo que sostiene y se mueve a la vez. Eso no es solo un problema técnico. Es casi filosófico.
—La peor clase —murmuró Eberle.
—Te sorprenderá —dijo Elara— cuánto coincido contigo.
Fue Miriam quien finalmente pronunció lo que todos pensaban y nadie quería decir, porque eso pondría fin al aplazamiento.
—Tenemos que ir.
Lo dijo en voz baja, con el libro aún bajo el brazo, como si la frase fuera solo una línea más que estaba leyendo.
—Lleva tres semanas pidiendo ayuda. «Por favor, no venga solo». Ese no es un grito de socorro de alguien que lo tiene todo bajo control. Es alguien que sabe que ya no puede más solo, y que aun así tuvo el orgullo de escribirlo. —Miró el dibujo del dragón—. Conozco esa frase. Estuve mucho tiempo sin escribirla porque no podía soportarla. «Por favor, no venga solo» significa: ya no puedo más.
Se hizo el silencio.
El tostador, que hasta entonces había permanecido inmóvil sobre sus patitas al borde de la mesa, mostró en su pantalla:
**YO TAMBIÉN VOY.**
—Eso ya lo sabemos —dijo Leo.
**QUERÍA DEJARLO CONSTANCIA ADMINISTRATIVA DE TODOS MODOS.**
—Está anotado.
Leo miró al grupo. Elara con el hilo rojo. Eberle con su sello, que no había bajado desde la sombra. Miriam con su libro y su tranquila, insoportable claridad. El frigorífico, que zumbaba desde su rincón y por una vez callaba porque había sentido que aquel no era un momento de las 17:00. Las palomas en el tejado. Karo y Nulli, que yacían juntos al sol, mientras la sombra de cuatro patas de Nulli daba una pequeña vuelta ella sola y luego se volvía a tumbar, como si solo hubiera ido a comprobar que todo estaba en orden.
Y al borde del patio, en la puerta de la Casa Ancla, Clara, con ambos zapatos negros en el umbral y una taza en la mano que seguía sujetando como si no estuviera del todo segura de si podía quedársela.
Clara, que era un ancla intermedia. Clara, que podía quedarse siempre que alguien mantuviera abierta la pregunta de si podía quedarse. Clara, que no podía acompañarles.
Leo comprendió en aquel instante, mucho antes de poder expresarlo con palabras, que lo más difícil de aquel viaje no sería el dragón.
Lo más difícil sería dejar atrás algo que había aprendido a sostener.
—Bien —dijo, y su voz fue más firme de lo que se sentía—. Entonces vamos a planificarlo.
—Planificar —dijo Elara con deleite—. Por fin una palabra con la que te iluminas.
—Yo no me ilumino.
—Te iluminas. Interiormente. Es repugnante, pero visible.
Leo decidió dejarlo pasar, porque había aprendido que los insultos de Elara eran más duraderos si uno no intentaba repararlos.
Cogió la carta verde, la dobló y la fijó de nuevo al portapapeles. Arriba. Donde no pudiera evitar verla.
Luego tomó el bolígrafo y escribió en la hoja de acompañamiento vacía, bajo la nota de Eberle de hace tres semanas *APLAZADO HASTA MAÑANA*, una sola línea.
*Mañana es ahora.*
Eberle contempló la frase durante un buen rato.
—Eso es administrativamente incorrecto —dijo finalmente—. Pero en cuanto al contenido, es irrefutable.
Levantó el sello.
Lo bajó.
Lo volvió a levantar.
Y selló, con la solemnidad de un hombre que ponía fin a una época:
**ACEPTADO.**
Sobre Göppingen se extendía la cicatriz violácea, en silencio.
En el norte brillaba la luz verde, paciente.
Y entre ambas mediaban varios cientos de kilómetros, una colección de aparatos a medio funcionamiento, un frigorífico parlante, un tostador con patas, un organismo que no existía y la firme esperanza, desprovista de prueba alguna, de que todo eso fuera suficiente.
No sería suficiente.
Pero eso aún no lo sabían aquella mañana, y quizás fuera mejor así.
Leo dejó el portapapeles.
—Nos vamos mañana.
—Hoy —dijo Elara.
—Mañana —dijo Leo—. Hoy preparamos el equipaje. Y esta noche dormiremos como es debido. Quien viaja a un multiverso extraño con falta de sueño, toma malas decisiones.
Miriam sonrió.
—Eso es casi madurez.
—Ten cuidado —dijo Leo, pero lo dijo con amabilidad, y no sonó como una amenaza, sino como lo que era: una frase que uno dice en una familia que no esperaba tener, y sin la cual ya no quería partir, ni siquiera en la dirección correcta.
En el norte, la luz verde ascendió un poco, brevemente, muy suavemente.
Después, siguió esperando.
Por lo que parecía, había aprendido a esperar.
Eso era lo más triste de todo el asunto, y Leo no lo comprendería hasta mucho tiempo después.
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Es ist Band 2 der Reihe »Leo Vogt«.
Ja — auch als: This Dragon Is Not Authorised (English).
Ja. Das komplette erste Kapitel »Kapitel 1« steht hier kostenlos zum Lesen und als Hörprobe zum Anhören.
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